Financiación y dirección de la investigación científica en España (2002)

Reportero incidental.

Albert Cardona, 5 de agosto de 2002.

Del 16 al 19 de setiembre del 2001, en Málaga, tuvo lugar el tercer congreso de la Sociedad Española de Biología del Desarrollo (SEBD). Entre los actos previstos del congreso, estaban una charla sobre las perspectivas de la carrera científica en España por parte de una representante del Ministerio de ciencia y Tecnología y una charla del presidente de la sociedad sobre las perspectivas de la investigación científica en biología del desarrollo.

En la primera de estas dos charlas, la representante ministerial fue presentando datos relativos uno tras otro: que si este año se habían dado más millones de pesetas (aún no estaba el euro) en becas predoctorales respeto del año anterior (pero se reducía el número de becas a repartir, más allá de lo necesario para cubrir la subida de la dotación en las restantes), que si se habían concedido más ayudas para la investigación (en forma de premios de oscuro criterio), que si había mejorado la formación según tal y cual índice. Cometí el error de no tomar notas y lo lamento, puesto habría sido interesante comprovar la veracidad y sobretodo, la continuidad en el futuro. El punto más caliente fue precisamente relacionado con la continuidad, en este caso de las becas Ramón y Cajal para el retorno de científicos españoles asentados en el extranjero. La señora representante sopló trompetas triumfales al enumerar el número de plazas ofertadas y la alta dotación económica de las mismas, que según ella, permitirían que todos o casi todos los científicos españoles en el extranjero -científicos todos ellos "buenísimos", como no se cansó de repetir- pudiesen volver, y que se había llevado a cabo una fuerte campaña de divulgación de las mismas para darlas a conocer.

Entonces empezó la letra pequeña.

Resultó que las becas Ramón y Cajal se concedían como una plaza en un centro cualquiera de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC); el interesado debía de elaborar un proyecto de investigación, ponerse en contacto con los directores de uno de tales centros, acordar el apoyo -si se daba- del centro al investigador, y entonces someter su currículum y proyecto al ministerio, donde se evaluaría. La dotación económica del becado iba a cargo en el primer año en un 100% por el ministerio; el segundo, tercero, cuarto y quintos años en un 90, 80, 70 y 60 %, cubriendo el resto el presupuesto del centro al que se destinaba el investigador agraciado con la beca Ramón y Cajal. De tales becas se concedían 800 en el primer año y un número incierto en el segundo; esperando colmar así -según la ministra- el deseo de volver a España de todos los investigadores afincados en el extranjero. Teniendo en cuenta que el salario total era de 38.881,22 euros anuales, es de dudar que se adjudiquen muchas becas Ramón y Cajal, por "buenísimos" que sean los currículums de los que la pidan.

En el turno de preguntas, este pastel que se me antojaba no ya con gato, sino un tigre encerrado, se pudieron ver las reacciones al tal plan de becas Ramón y Cajal.

En primer lugar, algunos investigadores afincados en el extranjero que asistieron al congreso adujeron ignorar la convocatoria de las becas Ramón y Cajal hasta que finalizó el plazo. A lo que la representante admitió que había habido algunos "contratiempos" en chorradas como el repartir panfletos por correo -el ministerio debe de ignorar el uso del correo electrónico-; "contratiempos" que nunca hubiese admitido de no habérsele metido el dedo en el ojo.

En segundo lugar, se preguntó si se había planificado aumentar el presupuesto total destinado a financiar presupuestos de investigación, puestos que los nuevos becados tendrían sin excepción un proyecto financiado; la respuesta fue que no, quedando mudo en el aire el temor de los presentes a no ver renovada la financiación de sus propios proyectos.

En tercer lugar, se preguntó que ocurriría con el plan actual de reincorporación de investigadores, a lo que la representante respondió que "no se mantendría activo", a pesar de haber enunciado al plan Ramon y Cajal como accesorio. La realidad es que un plan cambiaba por otro, disimulando así el rídiculo incremento del presupuesto destinado a la reincorporación de científicos españoles en el extranjero. Cabe añadir que el número de científicos españoles en el extranjero se acerca a los 10.000, y que el plan podría acojer quizás a un 10%. Por "buenísimos" que fuesen todos.

En cuarto lugar, una miembro de la junta de la SEBD quiso recalcar que el gobierno se ahorraba dinero con el nuevo plan, puesto que la financiación del salario del becado Ramon y Cajal salía, a partir del segundo año, en buena parte de los presupuestos de los centros del CSIC al que iban destinados; tales presupuestos salen de la aportación de parte de la dotación económica de los proyectos de los investigadores del centro. Todo ello conllevaba, según la miembro de la junta de la SEBD, un deterioro de la capacidad de cumplimiento de los objetivos de los proyectos de los centros del CSIC, no sólo por este robo descarado de dinero sino también de espacio de laboratorio y despachos en los mismos centros, para los cuales no sea había designado ningún presupuesto para ampliarlos -o renovarlos, que algunos ya se caen.

En quinto lugar, se puso en la palestra la continuidad de la vida investigadora de aquéllos que se adhirisen al plan. El principal problema que tienen los investigadores españoles asentados en el extrangero no es, como muchos creen, la imposibilidad de obtener un puesto de trabajo en España, sino de mantenerlo. Una vez acabado un contrato de 2 o 3 años se hace prácticamente imposible conseguir una plaza con un mínimo de estabilidad, no digamos ya un puesto fijo. Así, se pidió desde el auditorio qué previsiones hacía el gobierno al respecto; qué ocurriría con los becados al finalizar el contrato de 5 años. La representante, ya colorada a estas alturas -pero aguantando el tipo-, explicó que los centros podían acojer a los becados una vez acabado el plan Ramón y Cajal -hecho que fue motivo de una risotada general.

En resumen, el ministerio consigue, con el plan Ramón y Cajal, que con un mismo presupuesto para la financiación de proyectos se financie el retorno de los jóvenes científicos españoles en el extranjero. Con el agravante que para ello corta algunas manos y pies a los científicos actualmente trabajando en España.

Todo ello encaja perfectamente cuando se toma en cuenta el objetivo del gobierno de promover la excelencia en la investigación. Tal y como expuso la representante ministerial, todos los incluídos en las becas Ramón y Cajal -por entonces en proceso de evaluación de los candidatos- tenían unos currículums "buenísimos" y que el corte estaba siendo a un nivel "altísimo" así que nadie tenía porqué extrañarse si le denegaban la beca por muy bueno que fuese su currículum. No hay que decir que este dato levantó de nuevo las risas en el auditorio, pues fue tomado como una explicación oficial de los habituales chanchullos en la asignación de becas.

La tan alabada excelencia -tan en voga también en el resto de Europa- no es sino financiar instituciones y grupos de investigadores, en pos de una centralización de la investigación, maximizando los recursos para posibilitar proyectos mayores y orientándola a la investigación aplicada, a costa de sangrar hasta borrar del mapa todos los grupos pequeños dedicados a investigación básica -indispensable para que después haya alguna investigación aplicada que llevar a cabo. Sin la básica, la aplicada no es sino comprar en el extrangero patentes sobre productos con posibilidades para su desarrollo. Ni que decir hay que el coste tremendo de tal compra sería mucho mejor invertido en la formación de personal investigador en el propio país.

Sobre este punto dio vueltas la interrumpida charla del presidente de la SEBD. El disingido señor presidente empezó la mesa redonda -según los asistentes veteranos, el "monólogo" habitual del presidente en los congresos- disertando sobre su propia visión de las futuras directrices de la investigación en biología del desarrollo. El futuro que exponía se veía tan negro para el desarrollo de cualquier idea nueva, sobretodo por parte de investigadores jóvenes, que no pude evitar intervenir. Preguntado directamente sobre qué lugar tenían los estudiantes universitarios en su previsión de futuro y en las medidas a tomar por parte de la SEBD para el fomento de la investigación en el campo de la sociedad entre los estudiantes, el presidente divagó del modo más vácuo hasta rozar el ridículo cuando definió, en cierto momento, a los estudiantes como "ese ente incorpóreo" destinado a integrarse en sus planes maestros. Si bien he de reconocer que no acerté a formular adecuadamente la pregunta, una vez finalizada la mesa redonda se la repetí, y la respuesta fue clara: la SEBD no hace nada para promover el estudio del desarrollo entre los estudiantes; no tienen ningún papel en la toma de decisiones y no se contempla que lo vayan a tener. En el entretanto, se desarrolló una discusión que implicó a los ya airados congresistas por la intervención de la representante ministerial la tarde anterior, y que dio vueltas a las dos puntos de vista: la oportunidad de participación y la voluntad de dedicación de los estudiantes -en respuesta, también hay que decirlo, a la declaración insultante -aunque muy verídica- del presidente al describir a los estudiantes universitarios como muermos, vagos, conformistas y desinteresados. El problema de la oportunidad se definió en que para aquellos estudiantes que sí desean participar y tienen la dedicación necesaria, las ideas y todo el ardor guerrero juvenil, no existe modo alguno en que puedan llevar a cabo sus proyectos y deben someterse a los caprichos de los profesores y catedráticos universitarios, que en su mayor parte tienen sus propios proyectos definidos, sus parcelas de poder y un grave anquilosamiento mental que les impide aprender, renovarse e innovar en su propio campo de investigación.

De todas las charlas por los pasillos de este congreso, me quedó claro que la excelencia, además, conlleva también un cambio en el modus operandi de la investigación. Si bien el sistema actual permite que cada investigador elija el proyecto que le parezca -pasando el filtro de los comités evaluadores que conceden la financiación-, la investigación de excelencia se centra en unos pocos temas, que como se está viendo obedecen al pelotazo político del momento o bien a los conocimientos personales de quienes son elegidos para llevarla a cabo.

Este segundo modo de obrar, tan controlable y limitado, no es sino apostar el todo a un mismo caballo y al mismo tiempo, cortar las patas a los demás.

Aun más grave es el hecho que la excelencia crea estructuras de poder piramidales en los centros, de modo que se concentra el poder de decisión en una mano. Además se reduce la cantidad de doctorados experimentales; la mano de obra ya no es el doctorando sino un técnico, que a pesar del buen trabajo que pueda realizar, su abanico de conocimientos es limitadísimo y por ello su capacidad de pensar alternativamente es también limitada, por no hablar de su falta de voz y voto, y su miserable sueldo -de cuantía equivalente a las becas para la realización del doctorado.

Uno de los mejores métodos de garantizar el fracaso es pensar que un director puede enfocar desde distintos ángulos un problema para encontrar su solución, y encima, pedirle que sea capaz de abandonar años de trabajo en una dirección para empezar por otra cuando sea necesario. Son los doctorandos, los profesores aprendices y los estudiantes universitarios en general quienes tienen el arrojo, la flexibilidad y la capacidad de innovación para proponer enfoques alternativos o plantear problemas nuevos, y no están atados a ningún prestigio que mantener. Para comparación: promover la excelencia es como un contrato multimillonario a un as del fútbol mundial con la esperanza que lleve a primera al equipo de Villatortas.

Es desagradable vivir en un país donde la política, hecha de arriba a abajo, sin ninguna idea de las necesidades reales de sus ciudadanos, sea no sólo equivocada, o ya caduca; sino que los ciudadanos no tienen ni un solo medio para hacerlo notar así y provocar el cese de sus dirigentes, quienes no dimiten nunca.

Me permito recordar desde aquí que la administración pública no es otra cosa que una gestoría del dinero del contribuyente, para beneficio del contribuyente en el presente y en toda su vida futura. Cualquier otro poder que se asignen es no sólo antidemocrático e ilegal sino carente de todo sentido del respeto, y digno de adjetivarse como canallada y delito.

En cuanto a las becas Ramón y Cajal, espero que el mismo Ramón se levante de sus memorias y les recuerde al ministerio de ciencia y tecnología cómo le impidió una y otra vez la institución equivalente llevar a cabo su trabajo, al no financiarle y desacreditarle, y que aún y así, consiguió su propósito.