Mar obsidiana

Micronovela de realismo fantástico.

Albert Cardona, 18 de agosto de 2002.

Madrugada. La sangre en la piel, calentándola; la cara irradia calor. Las manos se refugian bajo la manta en este fresco fin de agosto. Duerme mi cuerpo y, sin embargo, mi mente no.

Azota el viento de tierra la cima de la montaña; aquí estoy yo. Por el Este, donde el mar se junta con el cielo, la oscuridad se resquebraja bajo un manto de nubes de gris y blanco, nubes de lluvia. Los primeros rayos, oblícuos, pintan el mar con contrastes de luna blanca sobre obsidiana. La costa, a mis pies, permanece en la penumbra y en un silencio contenido. De repente soy consciente de mi absoluta immobilidad; mis ojos fijos hacia adelante, mis carnes de granito como la montaña.

Quién pudiera pertenecer al mar y al viento, y saltar al vacío, hacia allí. Allí.

Ya estoy aquí; estoy volando en línea recta, perfectamente horizontal a la cima de la montaña. Todo encima mío es cielo estrellado; por debajo, las nubes refulgen tenuemente de azul y gris. En mi avance, la Tierra, curva, se me aleja cada vez más. Estático mi ojo úbico en su movimiento constante, todo parece moverse infinitesimalmente a mi alrededor. Es la constancia quien indica inmensidad, y la lentitud quien confiere escala gigantesca a los objetos que me rodean. Soy un pensamiento a velocidad constante.

Llegado el fin del mundo, el mar escupe al sol de golpe y éste se refleja en él: ha habido jamás un espejo tan grande. El sol riela en el océano Pacífico.

Otro día espléndido.