Arriba

Micronovela de ciencia ficción.

Albert Cardona, 7 de setiembre de 2002.

Tumbado sobre mi sofá amarillo, la tarde parecía transcurrir con normalidad. Al cerrar los párpados, sin embargo, se me escapó el ojo úbico, liberado su alcance de las restricciones materiales. Acabo de subir al espacio exterior. Primero, mi ojo viajó de espaldas, filmando como se empequeñecía la Tierra en su ascender; ha subido y bajando varias veces rebotando en la cama elástica de mi cuerpo hasta que se quedó parado a unos 20 kilómetros y miró a su alrededor. El planeta es precioso; la curvatura de la Tierra impresiona; veía las montañas del Atlas marroquí, en dirección opuesta los Pirineos y detrás los Alpes; el Atlántico norte azul oscuro como siempre y las neblinas rojizas del Atlántico del trópico de Cáncer. Y por todas partes la presencia humana, sus pueblos y construcciones. Me encontraba -mi ojo, mi consciencia, yo- ligeramente al este de la vertical de Ibiza, sobre el mar Mediterráneo.

Al cabo de unos instantes he subido más arriba. Me costaba proyectar mi campo morfogenético -constantemente perdía control y volvía a ver el tapizado amarillo a rallas de mi sofá- así que he desistido de hacerlo; ver era suficiente. En cierto momento, mi ojo úbico salió disparado hacia delante, se giró por completo y me vi a mi mismo, de transparencia oscilante, sostenido de pie en la nada a 40 kilómetros de altitud, absurdamente manteniendo la misma posición vertical que tendría estando posado sobre el suelo. Bajo mis pies, la Tierra resplandecía de blanco y azul, enturbiando por completo el cielo, el cual se veía negro. Mi ojo volvió y vi, en la dirección hacia donde había saltado, una construcción que se movía lenta pero continuadamente y que calculaba pasaría por mi derecha, a lo lejos, continuando su órbita. Una estación espacial, sin duda. De ella han salido 3 hombres vestidos con ropa no distinta a la de los transeúntes de una calle cualquiera de mi ciudad y, si bien me costaba mantenerles enfocados, podía distingir cómo hablaban entre sí. En cierto momento no les pude ver pues un círculo negro de bordes fragmentados inestables se interponía en mi visión. Parecía invitarme a un viaje lejos, muy lejos, hacia otro sistema.

El círculo se desvaneció y volví a ver a los 3 hombres. Incluso se hecharon unas risas. Sabía estaban comentado como mi espectro fallaba en permanecer denso; sé que apenas estoy entrenado y que todavía mi racionalidad intenta negar mis viajes, y debilita mi capacidad de proyección. Y ellos también lo sabían. En cuanto se acercaron, descendí en breves instantes hasta encima del mar de enfrente mi casa. Pude observar la ciudad como la ve un barquito de vela, a un par de metros sobre las olas. Los tres me siguieron en mi descenso y desaceleraron con tanta naturalidad como yo mismo. Entonces, mi espectro delante y detrás ellos tres, nos deslizamos -siempre en posición vertical- sin mover un sólo músculo hasta las proximidades de la playa, y de allí levantamos un arco hasta el interior de la estancia donde residía mi cuerpo, tumbado sobre el sofá, en mi casa.

Abrí los ojos, me levanté y me giré. Bienvenidos.