Asfaltia

Micronovela de ciencia ficción.

Albert Cardona, 8 de setiembre de 2002.

La Metrópolis global se extendió y cubrió cada rincón de la superficie emergida de la Tierra. Allá donde fue necesario, el mar fue rellenado o se construyeron nuevas plataformas flotantes de hormigón que dieran cuenta de la falta de espacio para aún más edificios. Las montañas fueron excavadas completamente, los mares cerrados en su nueva función de depósitos de agua para los humanos. El espacio había sido conquistado y, tras las estaciones espaciales habitadas y las granjas de cultivo, miles de grandiosos espejos iluminaban la cara oscura del planeta. El subsuelo fue taladrado y ocupado con pisos soterrados de párquins y oficinas, o viviendas. Los volcanes fueron acallados, las fallas corregidas o sostenidas, el centro del planeta fue enfriado y sus metales extraídos por larguísimos túneles; el hombre se movía por la Tierra cual gusano en una manzana.

Era creencia general que la naturaleza había sido derrotada.

Sin embargo, ni la combustión a propósito de áreas atmosféricas, ni el contínuo filtrado del aire, ni las brigadas de limpieza de los tejados del mundo consiguieron sus propósitos. Seguían existiendo innumerables esporas y semillas flotando en el aire, reproduciéndose en los sitios más innaccesibles a toda prisa y germinado al aire, el único medio todavía no poseído en su totalidad por el hombre.

Fueron largos los siglos de calma asfáltica. Sin embargo, llegó el día V. El día de los vegetales.

Meses después los científicos filogéneticos apostados en el espacio reconstruyeron los hechos, que se remontaban a cuando el primer urbanita pisó la primera planta para levantar un edificio. Las condiciones planetarias para la vida vegetal se fueron agravando progresivamente a medida que la Tierra se recubría de cemento, asfalto y hormigón, vistiendo al planeta de una capa intranspirable. Cuando empezaron los problemas por los daños causados por los vegetales, desde los laboratorios de biología aplicada se crearon materiales de construcción que contenían herbicidas; después, cementos con microcristales cortantes, asfalto compresor, hormigón anóxico. Nada de ello frenó por mucho tiempo la capacidad de supervivencia y expansión de los vegetales. Al contrario: tal y como determinaron los filogenéticos, con tales métodos fueron seleccionadas las plantas de fortaleza superior a la media. Depués, con las brigadas limpiaedificios, de entre las más fuertes fueron seleccionadas las de ciclo vital más rápido.

El desastre era inevitable, dijeron a posteriori.

Después de un desarrollo más o menos sinusoide de la masa vegetal indeseada, la frecuencia de picos aumentó; se redujo el tiempo entre picos de un modo exponencial y ocurrió el desastre.

[Después de un desarrollo más o menos sinusoide de la cantidad de masa vegetal indeseada, la frecuencia de picos en la gráfica aumentó; se redujo el tiempo entre ellos de un modo exponencial hasta llegar al desastre.]

En el amanecer del solsticio de verano de 3067, los humanos presenciaron cómo el mundo les estallaba a sus pies. Innumerables brotes surgieron de entre el asfalto compresivo, del hormigón anóxico y de los cementos herbicidas que componían todos los edificios, carreteras, almacenes y depósitos del mundo. Los brotes, en un ejercicio de sincronía formidable, rebentaron al unísono sus semillas y tomaron sus primeros rayos de sol del día más largo que se recuerde. Sus fuertes y seleccionadas raíces crisparon sus cunas asfálticas y taladraron los depósitos marinos de agua, que bombearon trillones de toneladas de vapor de agua a la atmósfera. Miles de despachos, tramos de calles y vehículos, junto con los edificios, fueron levantados a más de mil metros en cuestión de horas, mientras los primerizos tallos adquirían la robustez de la torre de Babel. El descalabro en la ciudadanía mundial no pudo ser más notable. Se interrumpieron las comunicaciones, se bloquearon los canales de comercio y por primera vez desde el siglo XXI, el mundo entero se quedó sin desayuno.

A mediodía, los edificios se encontraban por encima de los cinco mil metros y el hielo se acumulaba en las azoteas y ventanas. A nivel del suelo, el bochorno atmosférico era insoportable, envuelto en la oscuridad.

Tras unas horas de supuesta tregua, al caer la tarde el mundo humano rozaba los seis mil metros, envuelto en tallos colosales, hojas como pistas de fútbol e interminables raíces adventicias. Desde las primeras horas de la tarde se habían estado desarrollando unos frutos de tamaño gigantesco, con duras corazas que parecían hinchadas sin mesura alguna. Al anochecer, reventaron con enorme estruendo y daños, diseminando sus semillas hacia el espacio exterior. Era el grito de aquéllos que fueron oprimidos bajo el peso de la civilización.

Sobre la Tierra los tallos se marchitaron y se desplomaron, y con ellos los aupados edificios, avenidas y carreteras, destrozándose cuanto quedaba por destrozar, todo revuelto de madera muerta y cuarteada. La iluminada medianoche asomaba en un mundo espectral. Desde las estaciones espaciales sólo pudo lanzarse un lamento, y un suspiro por su conclusión.

Las semanas sucesivas fueron lluviosas como hacía siglos que no se recordaba.