Sobre el espigón

Micronovela de realismo fantástico.

Albert Cardona, 14 de setiembre de 2003.

Sobre el espigón había un hombre. De pie, con las manos en los bolsillos de la cazadora, miraba al infinito. Desde la distancia su verticalidad contrastaba con su entorno: más que sobre el espigón, parecía envuelto en él. El mar estaba desatado. Ráfagas de viento rompían las olas en mil pedazos, los levantaba y se los tiraba a la cara. La espuma se propagaba de tal modo que era difícil decir donde terminaba el agua y donde empezaba el aire. El cielo, encapotado y gris, amenazaba lluvia. Era un día de esos en que los pájaros se esconden, los gatos entran en casa y las viejas pasan la tarde en la cocina, privadas de sacar la silla a la calle para su habitual charla vespertina con las vecinas. En un día como este nadie podría ser testigo de ningún acontecimiento.

Nuestro hombre lo sabía.

Caía la tarde. Llevaba allí apenas 15 minutos y sentía el agua calada hasta los huesos. La nariz y las ropas le chorreaban agua. Hacía frío. A pesar de ello no se había movido en todo ese tiempo. No le importaba. Estaba sumido en profundos pensamientos.

-Donde estarás.

Se encontraba en el parque. Grandes árboles, césped, caminos de grava bien arreglados, y un montón de niños correteando. Era domingo, y como tenía por costumbre había llevado a su hijo a esbravarse. Lo vio subirse a lo más alto del tobogán y bajar lanzado de cabeza, sin mesura, como sólo un niño puede hacerlo.

-Te tengo dicho que no hagas eso, no quiero llevarte a pedacitos a tu madre.

Era una mañana magnífica, soleada y caliente, anunciando la próxima llegada del verano. Un tiempo estupendo. Ir al parque era, en realidad, una excusa excelente para salir de casa. Las cosas no le iban muy bien con Susana. Discutían porque sí y porque no; el corazón le daba un vuelco cada vez que su niño les pillaba en medio de una buena. Vivían en un piso barato y las paredes eran de papel. Nada podían ocultar a nadie. Bien pensado, era inevitable que llegara la separación, y sería lo mejor para todos. Para todos menos para su hijo. Corría y reía despreocupado, persiguiendo o siendo perseguido. No sabía a qué estaba jugando pero le veía feliz. Por lo menos uno de los dos lo es, se dijo.

- Te hecho de menos.

Susana se había ido. Los papeles de su abogado, las citaciones al juicio, las miradas de los amigos comunes, todo le cogió descolocado. Hasta ese momento, no lo había creído posible. Se repitió sus últimas palabras antes de dar el portazo:

-Eres un imbécil.

Hablaba al aire y al mar. Entre ráfaga y ráfaga, la espuma desaparecía y el mar se presentaba negro y amenazante. Aplanado momentáneamente, parecía, si cabe, más profundo. Todo a su alrededor era un charco de agua. Los serpentantes torrentes se precipitaban al mar. Captaron su atención y sus curvas le hipnotizaron. Vuelta a llenarse y vuelta a correr hasta el borde de cemento. Le dio la impresión que huían de él.

- Donde estarás, Susana.

Llevaban más de 6 meses separados y no había vuelto a saber de ella, ni de su hijo. El abogado de ella le había presentado como un inútil, bebedor y descuidado; el juez le había otorgado la custodia a la madre. Poco después del juicio, Susana se fue. En un principio él pensó que se había ido de vacaciones, a cambiar de aires por un tiempo. Sin embargo no volvió a verla. Nadie supo decirle hacia donde se dirigió. Se llevo a su hijo con ella y la tierra se los había tragado. Su trabajo, sus paseos frente al mar y alguna partida en el bar eran toda su vida. La rutina le mataba. La casa, vacía sin las risas de su hijo, le rechazaba. Las paredes blancas, con las marcas de los cuadros que ella se había llevado, se le caían encima. Ni siquiera encendía la luz al llegar. Todos los recuerdos flotando en el ambiente de una casa vacía. Se sentía desfallecer. La fuerza, la voluntad, se le escapaba entre los dedos como arena de playa. Su vida era una mierda. Tenía que hacer algo.

Lentamente, dio media vuelta y empezó a caminar.